38fdc7_81f8aedc9cf74069b9d26b1039e59858Siempre he tenido el gusto por la literatura. A parte de los libros doctrinales que suman un buen número en mi biblioteca física y virtual, disfruto mucho de aquellas clásicas novelas, cuentos, ensayos, poesías y algo más.

Pues bien, en estos días inicié una nueva lectura en uno de los géneros que debo de confesar disfruto más, y sin quererlo o esperarlo, hallé algunas líneas que no me imaginé encontrar. Entiendo que la naturaleza de mi lectura no tiene una relevancia más allá de la que se puede dar a una clásica obra literaria por el hecho de no ser un artículo de revista científica o de alguna universidad respetada. Sin embargo fui más que motivado por lo que leí al grado de volverse mi pretexto y justificación para escribir este comentario.

Aquellos y aquellas que tengan los mismos gustos míos y hayan tenido entre sus manos algún ejemplar de este libro reconocerán de inmediato la siguiente descripción acerca del Maestro, el Señor Jesús:

“Desde su entrada en casa, Jesús no había dejado de sonreír…”,” jamás olvidaré aquella mirada. Los ojos del Galileo…tenían una virtud singular: parecían concentrar toda la fuerza del Cosmos. Más que observar, traspasaba.” “No sé si he mencionado que el Maestro había hecho gala durante toda la tarde de un contagioso sentido del humor, riendo y haciendo bromas por cualquier cosa.” “Jesús de Nazaret era una mezcla de niño y general; de ingenuo pastor y concienzudo analista; de hombre que vive al día y de prudente consejero. Pero por sobre todo, se le notaba feliz.” “El sábado…no tuve el menor problema para cruzar entre los hombres del Galileo…, no fue necesario que me señalaran a su Maestro. El gigante se hallaba rodeado de una decena de niños, ¡jugando! Aquel espectáculo me fascinó…, Jesús se había desembarazado de su manto. Entre la algarabía de los pequeñuelos destacaba a ratos su risa, limpia y rotunda como aquella luminosa mañana. En verdad, lo que más me emocionó fue comprobar cómo aquel hombre hecho y derecho -capaz de desafiar a los sumos sacerdotes o de resucitar a los muertos- saltaba, corría o caía por los suelos, entregado por completo a las exigencias de aquella gente pequeña”.

Después de leer semejante descripción de lo que podría ser el carácter, personalidad y momentos de vida del Señor Jesús, detuve mi lectura y quedé sumergido en un instante de oración: Padre de amor, dije dentro de mí corazón, no sé si esto que estoy leyendo está fundado en hechos verídicos o es mera ciencia ficción. De lo que si estoy seguro es que esto que acabo de leer produce en mi mente las imágenes del Jesús del que me enamoré el día que sin verlo le conocí. Padre, siento que mi corazón despierta en sentimientos por ese Jesús que siempre he creído fue y sigue siendo exactamente así.

Cada día de mi vida he anhelado parecerme a Él. Debo de confesar que le admiro. En mi mente y corazón lo he visto como un hombre preponderante, carismático, sencillo, sensible, sincero, transparente, accesible, amigable, etc. Una mezcla de firmeza y ternura, sabiduría y sencillez, buen humor y seriedad, autoridad y humildad. Me lo he imaginado regalando amor entre los necesitados. Cuidando minuciosamente de sus discípulos, discípulas, amigos y amigas. Hablando con los niños, abrazando a todos los que eran atraídos por su particularidad y manteniendo un temple severo para con los religiosos de su época. ¡No me lo puedo imaginar de otra manera!

Solo los que vivieron con Él y le escucharon podrían ser capaces de decirnos como era. Lamentablemente ya no están con nosotros. Lo que escribieron fue maravilloso pero no alcanza a satisfacer la necesidad de un corazón sorprendido que aspira a seguir su edificante modo de vida.Sin embargo el Espíritu Santo puede ayudarnos en esta labor. A los que servimos a Dios en ser un ejemplo para su Iglesia. Y a los creyentes en ser ejemplo para el mundo que se pierde.

El espíritu Santo elabore en nosotros la semejanza de su personalidad.